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La cultura moral en Herbart

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Para Herbart, la cultura moral que forma la voluntad, es más importante que la cultura intelectual, fuente del saber. La virtud es el fin supremo de la educación. Y quien instruye a los hombres, los hace al mismo tiempo morales, virtuosos; el bien pensar es la fuente del bien querer y del bien actuar. La cultura moral, así como la cultura intelectual, tiene su punto de partida en la experiencia del niño. La sola experiencia moral del niño, igual que su experiencia intelectual, es estrecha y limitada. Las relaciones que éste pude entablar en el círculo familiar o escolar son necesariamente insuficientes; lo exponen a desarrollar un único sentimiento: el amor a la familia en detrimento del amor a la patria, o éste en detrimento del amor a la humanidad.

En esto estriba la importancia de la instrucción para que amplíe el ámbito de la experiencia, para agrandar el corazón... Es necesaria también para corregir las influencias de la experiencia, para remediar los sentimientos egoístas, las antipatías, las aversiones... Hay un período preparatorio, provisional a la cultura moral, es el del "gobierno de los niños" (disciplina, considerada, antiguamente, como la ley misma de la educación). Herbart consideraba que la maldad de los niños provenía, sobre todo, de la torpeza de sus padres.

Aspiraba a formar el hombre interior, capaza de gobernarse a sí mismo y sólo admite la disciplina y sus medidas coercitivas en los primeros años, la cual cederá su lugar, lo antes posible, a la educación verdadera. Admite como objetivo de la disciplina: mantener provisionalmente el orden, impedir al niño la posibilidad de perjudicarse a sí mismo; imponer una sumisión pasiva en espera de que nazca la voluntad; facilitar las primeras enseñanzas, trabajar para el presente, pues la educación trabajará para el futuro... Pero tendría que ser una disciplina no rigurosa ni opresiva. Reconoce que la amenaza es a menudo ineficaz y recomendó que las prohibiciones se redujeran al mínimo absoluto. Admitía también la vigilancia como un guía, decía que "los niños deben exponerse al peligro si se quiere que lleguen a ser hombres" y que los que crecen bajo la tiranía de una estrecha vigilancia, desmesurada y continua, no tendrán ni entereza ni seguridad.

El carácter firme y fuerte que trata de desarrollarse -objetivo esencial de la cultura moral- sólo se prepara con la acción y el ejercicio de la voluntad. Respecto a los castigos, creía que eran necesarios. Los dividió de la siguiente manera: castigos disciplinarios (aseguran el orden, obligan a los niños a estar tranquilos) son las privaciones de todo tipo; castigos "pedagógicos" (tienen valor educativo y hacen juicioso al niño, acostumbrándolo a que se de cuenta de la importancia de sus actos). La tercera clase es donde interviene la idea moral (aquellos que acepta el culpable, cuando se arrepiente, a manera de expiación merecida por la falta cometida).

Al educador se le considera como un artista que tiene como misión educar el ser íntimo del niño por lo que no es deseable que gaste una parte de su inteligencia y de su energía en ocupaciones o preocupaciones de la disciplina. El gobierno de los niños se acercará a la educación moral si se funda y apoya en la "autoridad" y en el "amor" (educación que ejercen, más fácilmente los padres en el hogar, que los maestros en la escuela), dos auxiliares cuya presencia tenderá a hacer innecesaria la disciplina. El gobierno debe desaparecer y dejar sitio a la educación que prepara al niño a dirigirse él mismo, y esta es el punto culminante de la doctrina pedagógica de Herbart, la parte esencial, más importante de su sistema: que el niño se libere de todas las influencias del exterior con el fin de convertirse en un ser autónomo o persona moral capaz de sacar de sus fuerzas interiores, las reglas de conducta y la ley de su moralidad. Así pues, la primera de sus ideas morales, la libertad interior, es sólo una relación entre el juicio y la voluntad que se aprueban: la conciencia de esta armonía es la libertad, tal y como la entiende Herbart; no es un poder independiente que sopesa varios motivos y elige, sino simplemente la presión que una idea ejerce sobre otra para desembocar en la acción. Segunda idea moral: la perfección; no es más que una relación entre dos ideas de las cueles una puede más que la otra en tamaño, porque es superior; en intensidad, si es más fuerte; en extensión, si comprende mayor número de objetos y en concentración si coordina con fuerza esta diversidad de objetos. Donde la perfección moral para Herbart, no es más que una cuestión de cantidad o de dimensiones, en la medida de la energía del querer.

Estas dos ideas morales, constituyen lo que es la moral individual, las siguientes tres: benevolencia, derecho y justicia, se refieren a la moral social y por lo tanto suponen relaciones de voluntad entre dos o más personas diferentes. A la base de esta formación moral está su concepción estética; de hecho para él, el bien y lo bello fueron inseparables. Un juicio moral es un juicio estético. Según él los juicios estéticos son absolutos, no necesitan demostración, se imponen con una total autoridad. Por lo tanto los juicios morales, puesto que son estéticos, tienen el mismo carácter.

Desde este punto de vista de la teoría de Herbart -más ingeniosa que sólida- se comprende cómo la tesis de la moral confundida con la estética puede conciliarse con el gran principio moral de la instrucción educativa. Es decir, la educación moral, está en correlación directa y estrecha con la educación intelectual. En este sentido la instrucción es el principio de la formación del carácter, pues éste es un sistema de representaciones regulares, de deseos y de voluntades fuertemente unidas, o sea, es el resultado de una instrucción sólida y completa. Después de exponer la formación de un carácter fuerte que da como resultado espíritus tranquilos y reflexivos, menciona una última cosa que dará el último toque a la educación moral: la acción (importancia de la práctica de la virtud).Da la impresión que Herbart, en sus concepciones morales, parecía considerar sólo una sociedad de sabios. Para esta formación moral propone los siguientes métodos:

  • Dirigir con autoridad al niño (es una especie de prolongación en la educación de las necesidades de la disciplina. Se trata de asegurar el orden y que en el ejercicio de su libertad, el niño no sobrepase los límites permitidos),
  • Incitar al niño a actuar (la cultura de la moral empuja al niño a actuar. Le enseña lo que hay que soportar y padecer para poseer lo que se desea o hacer lo que se quiere, lo acostumbra a decidir él mismo proporcionándole la oportunidad de elegir entre diferentes motivos de acción),
  • Establecer las reglas (preceptos de conducta, aquí interviene la enseñanza dogmática de la moral),
  • mantener en el espíritu la tranquilidad y la serenidad (la cultura moral debe inspirarse en la idea de que, si la paz del alma es el objetivo de la virtud, también es la condición de ésta. A lo cual se llegará favoreciendo la alegría natural del niño, buscando que esté de buen humor),
  • conmover al espíritu por medio de la aprobación y la censura (pedía auxilio a una ayuda extraña: el juicio ajeno. Para alcanzar la virtud, el niño tiene necesidad de que se le sostenga, a través de la censura y el castigo, que es la consecuencia, de que se le devuelva al buen camino...),
  • advertir y corregir (se relaciona con el punto anterior pero también con la corrección. Estimaba que se pueden dar opiniones sin que tengan nada que ver con los reproches, y que la corrección sólo es provechosa si es amable. Hay que tratar al niño humanamente, darse cuenta de todo lo bueno y bello que hay en él y evitar cualquier severidad tanto en los actos como en las palabras.).

Evidentemente que en este listado hay más bien una enumeración arbitraria que una clasificación exacta y rigurosa. Su moral no la basa en la religión pero la religión es para él como una amiga, como una protectora de la moral. Sólo que quería una religión interior, libre de prácticas vacías. Criticó a los hombres que se creían piadosos, que se imaginaban que, por sus devociones, podían encubrir y excusar sus malas acciones. Lo que Herbart esperaba de la enseñanza religiosa es que ésta ayudara al educador a luchar contra el egoísmo; que desarrollara en el niño el sentimiento de la humildad, la idea de la dependencia de los individuos frente a la naturaleza y a un Ser Supremo.

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